lunes, 3 de febrero de 2014

Oligarquía y caciquismo: las raíces de los males de España.


En 1901, Joaquín Costa publicaba uno de los libros más notables de la historia contemporánea de España: “Oligarquía y caciquismo como la forma actual de Gobierno en España”. En un fragmento de ese texto tan fundamental como actual, el genial regeneracionista aragonés, tan poco leído como mal interpretado, escribía: No he de aconsejar yo que el pueblo de tal o cual provincia, de tal o cual reino, se alce un día como ángel exterminador, cargando con todo el material explosivo de odio, rencores, injusticias, lágrimas y humillaciones de medio siglo, y recorra el país como en una visión apocalíptica, aplicando la tea purificadora a todas las fortalezas del nuevo feudalismo civil en que aquel del siglo XV se ha resuelto, diputaciones, ayuntamientos, alcaldías, delegaciones, agencias, tribunales, gobiernos civiles…, y ahuyente delante de sí a esas docenas de miserables que le tienen secuestrado lo suyo, su libertad, su dignidad y su derecho, y restablezca en fiel la balanza de la ley, prostituida por ellos; yo no he de aconsejar, repito, que tal cosa se haga; pero sí digo que mientras el pueblo, la nación, las masas neutras no tengan gusto por este género de epopeya; que mientras no se hallen en voluntad y en disposición de escribirla y de ejecutarla con todo cuanto sea preciso y llegando hasta donde sea preciso, todos nuestros esfuerzos serán inútiles, la regeneración del país, será imposible. Las hoces no deben emplearse nunca más que en segar mieses; pero es preciso que los que las manejan sepan que sirven también para segar otras cosas, si además de segadores quieren ser ciudadanos; mientras lo ignoren, no formarán un pueblo; serán un rebaño a discreción de un señor; de bota, de zapato o de alpargata, pero de un señor. No he de aconsejar yo que se ponga en acción el “colp de fals” de la canción catalana, ahora tan en boga, tomando el ejemplo de la revolución francesa por donde mancha; pero sí he de decir que en España esa revolución está todavía por hacer; que mientras no se extirpe el cacique, no se habrá hecho la revolución"

Pese al paso del tiempo, más de un siglo, los males de España eran muy parecidos a los que hoy aquejan a sus ciudadanos, con el añadido del poder militarista, el hambre y el analfabetismo generalizados, estos dos últimos en avanzado estado de regreso, el primero, ya veremos.

El sistema ideado por Cánovas del Castillo, un malagueño tan inteligente como malvado y cínico que llegó a proponer como primer artículo de la Constitución que él mismo preparaba aquello de “Es español todo el que no puede ser otra cosa”, se basaba en las dos palabras que daban título al libro de Costa: Una oligarquía, camuflada bajo fórmulas aparentemente parlamentarias, que se perpetúa y se sucede en el poder gracias a una extensísima red de caciques, aproximados, clientes, allegados y compinches repartidos por todo el país y agrupados en torno a los dos partidos del régimen, el conservador y el liberal, dejando fuera a cualquier fuerza política, social o económica que no admitiese que las cosas eran así porque no podían ser de otra manera, es decir a la inmensa mayoría. El sistema funcionó durante unos años, quizá más allá del asesinato de Cánovas, de la pérdida de las colonias, de la Regencia, hasta que Alfonso XIII lo empeñó en el avispero de Marruecos y sobrevinieron la Semana Trágica, el Desastre de Annual y el Expediente Picasso, que acusaba al monarca de ser el máximo responsable de la muerte de miles de españoles en el norte de África.

Durante aquel periodo, casi cincuenta años, los presidentes de los distintos gobiernos, Romanones, Dato, Allendesalazar, Toca, García Prieto, cesaban en sus cargos y pasaban directamente a una de las grandes empresas del país, Minas del Riff, Unión de Explosivos, Ferrocarriles, Trasatlántica, Bancos, llevándose consigo a Subsecretarios, Secretarios, Directores Generales, diputados y funcionarios cesantes más próximos. No había problema alguno, se estaba en el Gobierno para hacer negocio, se salía de él para continuarlo, la guerra de Marruecos no era más que un apartado más del espectro mercantil diseñado desde el poder por quienes sólo estaban en él para acrecer sus fortunas y asegurar un futuro secular. De hecho, salvo por algunos periodos en que la libertad de prensa brilló de verdad, la primera Restauración fue el regreso al Antiguo Régimen de un país que no había salido de él al no haber concluido nunca ni la revolución burguesa ni la democrática. [Leer artículo completo]