Fernando VII murió en 1833. Su hija Isabel, la heredera, sólo tenía tres años. Mientras alcanzaba la mayoría de edad, la reina madre, Mª Cristina, ejercería de reina gobernadora. Los carlistas se sublevaron por todo el país. España se escindió en dos bandos y comenzó una guerra civil que duraría seis años.
Los carlistas, especialmente implantados en el medio rural de Navarra y el País Vasco, Aragón y Cataluña, azuzados por la Iglesia y los estamentos más reaccionarios, que consideraban el liberalismo una amenaza contra sus arcaicos fueros, alistaron fuerzas suficientes para enfrentarse al ejército regular o, por lo menos, para hostigarlo con guerrillas.
Mª Cristina, aliada con los liberales menos liberales, es decir, la facción conservadora del partido, sólo permitió reformas insuficientes.
Las guerras carlistas habían prestigiado tanto a algunos generales que se animaron a participar en política. Había dos ideologías oficiales: moderados y progresistas. Los moderados eran gente de orden, burguesía acomodada y partidaria de la corona; los progresistas eran la clase media de menos lustre, dispuesta a esgrimir la amenaza revolucionaria de los trabajadores para conseguir su cuota de poder.
El general Espartero (el del caballo famosamente dotado) se convirtió en cabeza de los progresistas, pero los decepcionó, y muchos de ellos buscaron refugio bajo el espadón de su rival, el general Narváez.
A todo esto, los carlistas no dejaban de incordiar, pero a pesar de que dominaban extensas comarcas campesinas carecían de fuerza suficiente para someter las ciudades. El propio don Carlos fracasó en su intentó de hacerse con Madrid, y su general más importante, Zumalacárregui, murió cuando sitiaba Bilbao, poco después de que su cocinero inventara la tortilla de patatas. El hallazgo de esta fórmula culinaria fue cuanto de bueno trajo una guerra tan absurda y cruel. El armisticio se precipitó cuando el general carlista Maroto, rebelado contra los meapilas que rodeaban a don Carlos, pactó la paz con Espartero en el famoso abrazo de Vergara.
Las guerras carlistas costaron trescientos mil muertos más o menos, y no resolvieron nada; más bien aplazaron el problema del enfrentamiento entre liberales y conservadores hasta 1936. Lo que sí acarrearon fue otras consecuencias. Los militares se fueron engolosinando con el mando y con las sinecuras ministeriales y altos cargos. Dado que la tarta nacional no alcanzaba para todos, los descontentos se erigieron en oposición progresista.
Sucedió una época de inestable paz, en la que el país se recobró lentamente, aunque de vez en cuando se levantaba con el sobresalto de pronunciamientos de generales progresistas (pronunciamiento una palabra que hemos legado al vocabulario internacional, junto con siesta, guerrilla, desesperado y algunas otras, ninguna buena, salvo siesta). Entre los progresistas nació, en las principales ciudades, un partido democrático, de ideología revolucionaria, que aspiraba a destronar a Isabel.
En medio del torbellino de la política y la guerra de aquellos años, la reina gobernadora, doña Mª Cristina, vivió una singular historia de amor. La reina no había sido feliz con el garañón taimado de su marido, pero, a las dos semanas de enviudar, el corazón le alivió los lutos poniéndole delante a un apuesto capitán de su escolta, Fernando Muñoz. Los enamorados se casaron en secreto y tuvieron ocho hijos, los miriñaques que usaba la reina disimulaban algo sus preñeces, no bastaban para contener lo que ya era del dominio público. Cantaba el pueblo:
Clamaban los liberales que la reina no paría
y ha parido más Muñoces que liberales había.
Doña Cristina renunció a la regencia en cuanto pudo y, en adelante, llevó una vida burguesa lejos del boato cortesano y fue feliz con su capitán, ya ascendido a duque. A lo que no renunció fue a practicar el tráfico de influencias aprovechando su alta posición en la corte. En su casa—palacio de Madrid, abrió una gestoría de enchufes, corruptelas y apaños, gracias a lo cual amasó una considerable fortuna, que invirtió juiciosamente en Cuba, donde llegó a ser la mayor hacendada de la isla y la mayor propietaria de esclavos para el cultivo de la rica caña caribeña.
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miércoles, 20 de noviembre de 2013
sábado, 2 de noviembre de 2013
sábado, 10 de noviembre de 2012
Isabel II: la reina niña.
Cuentan las malas lenguas, y tambien las buenas, que Isabel fue una niña algo corta de entendederas y de educación tan descuidada que era prácticamente analfabeta. En lo que resultó precoz fue en el sexo; en parte, porque había heredado el carácter ardiente y lujurioso de la familia y, en parte, porque la corrompieron sus propios tutores.
A los trece años, declararon su mayoría de edad y, a los dieciséis, la casaron con su primo Francisco de Asís, ocho años mayor que ella. Doña Paquita, pues así llamaban a don Francisco de Asís, era un bisexual notorio, escorado a maricón y voyeur. ¿Qué puedo decir -se lamentaba Isabel- de un hombre que en nuestra noche de bodas llevaba más encajes que yo? El pueblo, con mordaz ingenio, lo apodó Pasta Flora y Doña Paquita. El pueblo, castizo pero no tonto, pronto le sacó cantares: "Gran problema es en la Corte / averiguar si el Consorte / cuando acude al excusado / mea de pie o mea sentado."
A los trece años, declararon su mayoría de edad y, a los dieciséis, la casaron con su primo Francisco de Asís, ocho años mayor que ella. Doña Paquita, pues así llamaban a don Francisco de Asís, era un bisexual notorio, escorado a maricón y voyeur. ¿Qué puedo decir -se lamentaba Isabel- de un hombre que en nuestra noche de bodas llevaba más encajes que yo? El pueblo, con mordaz ingenio, lo apodó Pasta Flora y Doña Paquita. El pueblo, castizo pero no tonto, pronto le sacó cantares: "Gran problema es en la Corte / averiguar si el Consorte / cuando acude al excusado / mea de pie o mea sentado."
Creció Isabel, más a lo ancho que a lo alto, y se convirtió en una reinona gorda y fofa, castiza y chulapona, hipocondríaca y fecunda, que trasegaba fuentes de arroz con leche como el que come aceitunas. Tuvo Isabel once hijos, de los cuales le vivieron seis. Los historiadores han echado cuentas y al parecer los que nacían muertos o morían lactantes eran los que engendraba de su primo y esposo. Los otros los tuvo con distintos amantes; el primero, una niña, del apuesto comandante José Ruiz de Arana, y el siguiente, un niño, el rey Alfonso XII, del bizarro capitán de ingenieros Enrique Puig Moltó. Más adelante, tuvo otras tres niñas de su agraciado secretario particular, don Miguel Tenorio de Castilla.
Sepa el escéptico y quizá algo sorprendido lector que desde el punto de vista dinástico no es mayor problema que Alfonso XII fuera hijo adulterino, pues, como se sabe, la ley española, fiel al código napoleónico, sostiene que todo hijo nacido dentro del matrimonio tiene por padre al marido. Ahora, con tanta prueba genética, no sabemos en qué acabará la cosa. Por cierto que, para que se vea el carácter llano y borbónico de la reina, al ginecólogo que auscultándola predijo que estaba embarazada de un varón (Alfonso XII) le concedió el título de marqués del Real Acierto.
Dos influencias predominantes hubo en la corte de los milagros, como se llamó despectivamente a la de Isabel II: el confesor de la reina, el padre Claret, un minúsculo y enjuto clérigo, atormentado a causa de la permisividad sexual de los nuevos tiempos, y sor Patrocinio de las Llagas, una monja histérica y falsaria, que había sido procesada por fingidora de milagros y que, aprovechando que la reina, simplona y entregada, era incapaz de negarle un favor, se convirtió en una pía agencia de empleo, que colocaba a sus recomendados en los mejores puestos de la administración pública (haciendo con ello desleal competencia a la reina madre).
J. Eslava Galán: "Historia de España para escépticos".
lunes, 14 de noviembre de 2011
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