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miércoles, 20 de noviembre de 2013

La feroz guerra carlista.

Fernando VII murió en 1833. Su hija Isabel, la heredera, sólo tenía tres años. Mientras alcanzaba la mayoría de edad, la reina madre, Mª Cristina, ejercería de reina gobernadora. Los carlistas se sublevaron por todo el país. España se escindió en dos bandos y comenzó una guerra civil que duraría seis años.
Los carlistas, especialmente implantados en el medio rural de Navarra y el País Vasco, Aragón y Cataluña, azuzados por la Iglesia y los estamentos más reaccionarios, que consideraban el liberalismo una amenaza contra sus arcaicos fueros, alistaron fuerzas suficientes para enfrentarse al ejército regular o, por lo menos, para hostigarlo con guerrillas.
Mª Cristina, aliada con los liberales menos liberales, es decir, la facción conservadora del partido, sólo permitió reformas insuficientes.
Las guerras carlistas habían prestigiado tanto a algunos generales que se animaron a participar en política. Había dos ideologías oficiales: moderados y progresistas. Los moderados eran gente de orden, burguesía acomodada y partidaria de la corona; los progresistas eran la clase media de menos lustre, dispuesta a esgrimir la amenaza revolucionaria de los trabajadores para conseguir su cuota de poder.
El general Espartero (el del caballo famosamente dotado) se convirtió en cabeza de los progresistas, pero los decepcionó, y muchos de ellos buscaron refugio bajo el espadón de su rival, el general Narváez.
A todo esto, los carlistas no dejaban de incordiar, pero a pesar de que dominaban extensas comarcas campesinas carecían de fuerza suficiente para someter las ciudades. El propio don Carlos fracasó en su intentó de hacerse con Madrid, y su general más importante, Zumalacárregui, murió cuando sitiaba Bilbao, poco después de que su cocinero inventara la tortilla de patatas. El hallazgo de esta fórmula culinaria fue cuanto de bueno trajo una guerra tan absurda y cruel. El armisticio se precipitó cuando el general carlista Maroto, rebelado contra los meapilas que rodeaban a don Carlos, pactó la paz con Espartero en el famoso abrazo de Vergara.
Las guerras carlistas costaron trescientos mil muertos más o menos,  y no resolvieron nada; más bien aplazaron el problema del enfrentamiento entre liberales y conservadores hasta 1936. Lo que sí acarrearon fue otras consecuencias. Los militares se fueron engolosinando con el mando y con las sinecuras ministeriales y altos cargos. Dado que la tarta nacional no alcanzaba para todos, los descontentos se erigieron en oposición progresista.
Sucedió una época de inestable paz, en la que el país se recobró lentamente, aunque de vez en cuando se levantaba con el sobresalto de pronunciamientos de generales progresistas (pronunciamiento una palabra que hemos legado al vocabulario internacional, junto con siesta, guerrilla, desesperado y algunas otras, ninguna buena, salvo siesta). Entre los progresistas nació, en las principales ciudades, un partido democrático, de ideología revolucionaria, que aspiraba a destronar a Isabel.
En medio del torbellino de la política y la guerra de aquellos años, la reina gobernadora, doña Mª Cristina, vivió una singular historia de amor. La reina no había sido feliz con el garañón taimado de su marido, pero, a las dos semanas de enviudar, el corazón le alivió los lutos poniéndole delante a un apuesto capitán de su escolta, Fernando Muñoz. Los enamorados se casaron en secreto y tuvieron ocho hijos, los miriñaques que usaba la reina disimulaban algo sus preñeces, no bastaban para contener lo que ya era del dominio público. Cantaba el pueblo:

Clamaban los liberales que la reina no paría
y ha parido más Muñoces que liberales había.

Doña Cristina renunció a la regencia en cuanto pudo y, en adelante, llevó una vida burguesa lejos del boato cortesano y fue feliz con su capitán, ya ascendido a duque. A lo que no renunció fue a practicar el tráfico de influencias aprovechando su alta posición en la corte. En su casa—palacio de Madrid, abrió una gestoría de enchufes, corruptelas y apaños, gracias a lo cual amasó una considerable fortuna, que invirtió juiciosamente en Cuba, donde llegó a ser la mayor hacendada de la isla y la mayor propietaria de esclavos para el cultivo de la rica caña caribeña.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Anécdotas y curiosidades de los Reyes de España


Estamos acostumbrados, desde nuestro paso por colegios o institutos, a recordar las clases de Historia, como monólogos magistrales que no dejan de visionar una sucesión de acontecimientos inexplicables y lejanos, sin comprender que el pasado nos explica el porqué de un presente, muchas veces sin sentido... Algunos nos volvemos universitarios, proyectando nuestras interrogantes e inquietudes juveniles en la carrera de Historia, porque queremos satisfacer nuestros ideales utópicos y quijotescos, aportando soluciones a los graves problemas de ayer y de hoy.

(...) Sin embargo, que nuestro interés por profundizar en temas puntuales del pasado y presente histórico no nos haga perder otra visión de la Historia real, que no aparece nunca en nuestros recordados libros de texto, ni en nuestro saber universitario y que es fundamental para entender y explicar ese pasado y este presente histórico, objetivo de este artículo. (M. Jesús Riquelme).

domingo, 7 de octubre de 2012

Los últimos años de Carlos II.

A finales del siglo XVIII España era una rebatiña en la que cada cual sacaba lo que podía y nadie cuidaba del procomún. Bajó a tales niveles de desgobierno que casi podemos decir que tocó fondo. Castilla, deslomada por el esfuerzo económico y humano de dos siglos de absurda explotación, se hundió. Al resto de España, menos castigada por el esfuerzo, no le fue tan mal, pero, en cualquier caso, las funestas consecuencias de la decadencia afectaron a todos. La población, estragada por las epidemias, por la miseria interior, por las guerras exteriores y por la gran cantidad de personas que ingresaban en religión y no tenían hijos, se redujo de casi nueve millones de habitantes a menos de siete.

España, desangrada por contiendas absurdas, ya no declaraba la guerra a nadie ni intentaba imponerse en Europa. Ahora se la declaraban a ella y bastante hacía con defenderse. Los franceses aprovecharon su postración para, en tres sucesivas guerras, arrebatarle el Franco Condado y algunas ciudades belgas, y ocupar Flandes y Cataluña (dos regiones que le fueron luego devueltas porque el rey francés, el astuto
Luis XIV, advirtió que, con un poco de suerte, iba a ganar toda España por vía pacífica cuando Carlos II falleciera sin sucesores). Lo que le restaba de Flandes hubiese sido fácil presa de los protestantes del norte, pero también lo respetaron porque les interesaba que aquella provincia perteneciese a la debilitada España y sirviese de aislante entre sus lindes y las de la poderosa Francia. Para que se vea el grado de postración al que había llegado un país que poco antes era la superpotencia indiscutida. Mientras la salud de Carlos II iba de mal en peor, las casas reales de Europa movían sus peones para repartirse el pastel español.

Carlos II moría sin herederos directos. ¿Quién ocuparía el trono español? Había dos candidatos: Austria y Francia. El que se hiciera con España, y su apetecible Imperio, se convertiría en potencia hegemónica del continente. Dado el sentido patrimonial de la monarquía, el candidato con mayores derechos era el francés, un nieto de Luis XIV, el Rey Sol. Pero se trataba de un Borbón. Los Austrias de la rama vienesa, los del archiduque Carlos, proponían a un candidato de su propia familia, un Austria de pura cepa. Inmediatamente, Inglaterra y Holanda apoyaron la propuesta; cualquier cosa con tal de evitar que España se convirtiera en un satélite de la superpotencia francesa.

Y los españoles, ¿qué opinaban? El agobiado pueblo no entendía de política y, con la experiencia que llevaba a la espalda, ¿qué más le daba ser explotado por un francés o por un austríaco? Al final, el francés se llevó el gato al agua.

El primero de noviembre de 1700, con el siglo que agonizaba y en el mes de los difuntos, Carlos II entregó su alma al creador y cerró la dinastía austríaca en España. El duque de Abrantes escribió al embajador alemán: «Querido amigo: tengo el gusto de despedir para siempre a la Casa de Austria.»

Éste fue el final de los Austrias y el comienzo de los Borbones. El lector, aunque escéptico, no ignora que se trata de la dinastía felizmente reinante, después de tres expulsiones y otras tantas restauraciones.

sábado, 21 de abril de 2012

Muerte de un miliciano (Robert Capa)

La impactante fotografía, conocida como 'El soldado caído' o 'Muerte de un miliciano', se convirtió en un icono de la contienda española y en una obra cumbre del fotoperiodismo de guerra. La imagen refleja el momento en que el anarquista Federico Borrell García muere, el 5 de septiembre de 1936, de un balazo en un soleado paraje de Cerro Muriano, cerca de Córdoba, en el sur de España. Borrell García, de 24 años y apodado 'Taino', aparece cayendo hacia atrás con un brazo estirado de cuya mano se desliza un fusil, una escena dramática que el legendario fotógrafo de origen húngaro consiguió captar desde una trinchera. 

La foto se publicó por primera vez el 23 de septiembre de 1936 en la revista francesa “Vu”, con un pie que hablaba de soldados "sosteniendo sus rifles, bajando la ladera", y añadía: "De repente, su avance fue interrumpido, una bala silbó y su sangre fue derramada en su suelo nativo". 

Sin embargo, la peculiaridad de la instantánea -la ausencia de soldados próximos a Borrell en el campo de batalla, la falta de pruebas visibles de la herida de bala y, por qué no decirlo, el insólito don de la oportunidad de Robert Capa, alentó las sospechas de falsedad. El caso es que el día de la muerte del miliciano, confirmada más tarde por su familia, Capa sacó en Cerro Muriano 40 instantáneas.

jueves, 19 de abril de 2012

Historias de la guerra: ¿Es facha el sombrero?

Con el avance de la guerra (y de las tropas nacionales por todos los frentes), los anarquistas se dejarán de zarandajas y acabarán acatando las tesis comunistas («Renunciaremos a todo excepto a la victoria», dirá Durruti). Mientras tanto, cunde el entusiasmo revolucionario. Las calles se llenan de paisanos vestidos con mono de trabajo o en camisa, el pañuelo rojo y negro al cuello, tocados de gorrillo con puntas y armados de fusiles, correajes, cartucheras, pistolas y otros atrezzos militares obtenidos en el reparto. El sombrero y la corbata quedan desprestigiados por sus connotaciones burguesas como prendas propias de los explotadores del obrero. 

En Solidaridad Obrera, un artículo establece que «el sombrero es una pieza indumentaria antiestética, innecesaria, reveladora de la presunta superioridad de la mollera que lo sostiene (...) mientras en la calle no se vean monteras la revolución será nuestra». El honrado gremio de los sombrereros se siente agredido y replica en defensa de su medio de vida: «Afirman reputados doctores que de ir sin sombrero con la cabeza descubierta se derivan males como el reblandecimiento de la masa encefálica por influencia del sol y el perjuicio de la vista falta de la protección del ala del sombrero o visera de una gorra. Todo el mundo debe cubrirse la cabeza.» A lo que Solidaridad Obrera, comprendiendo las implicaciones laborales de la prohibición del sombrero, modifica su postura inicial y reconoce que el sombrero y la gorra son buenos e incluso aconsejables para la salud. No obstante, el uso del sombrero decae bastante en la zona republicana. De hecho, al terminar la guerra, la sombrerería madrileña Brave, que vuelve a abrir sus puertas tras el paréntesis bélico, anunciará: «Los rojos no usaban sombrero.» Un estímulo eficaz para los ciudadanos de conducta tibia o dudosa que intentan desesperadamente distanciarse de los vencidos en el momento que los tribunales depurativos pintan bastos.

sábado, 14 de abril de 2012

Visita al Congreso de los Diputados (13 abril 2012)


Visita al Senado (13 abril 2012)

El origen del Senado se remonta al Estatuto Real de 1834, orden dictada por la reina regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel II. En este Estatuto Real se introduce la bicameralidad como órganos de representación en sustitución de la unicameralidad que introdujo la Constitución de 1812. En dicho texto se designó la representación bicameral llamando al actual Senado como el “Estamento de Próceres”, asamblea integrada en número ilimitado por la nobleza, jerarquías eclesiásticas, representantes de la alta Administración, los mayores contribuyentes del Reino y los de renombre en el mundo de la enseñanza y la cultura que disfrutaran de la renta adecuada.

¿Para qué sirve esta cámara de representación en la actualidad? La utilidad de esta cámara está muy en entredicho y da la sensación que los votos que allí se generan sirven de muy poco, por no decir nada. Los aspectos de control legislativo, impulso político y aspectos de política exterior están minados por el pie y tiempo se está tardando en eliminar esta figura legislativa del mapa político del país que solo sirve para dilapidar por encima de los 25 millones de euros anuales sólo en gastos de personal de la institución, tanto laboral como políticos.

Básicamente, los 208 senadores que tenemos en la actualidad no trabajan gratis, cobrando por encima de los 5.000 euros los senadores que residen fuera de Madrid entre salario y dietas, seguridad social aparte claro está. Si tienen cargo adicional como portavoz, secretaria de algún tipo o Presidencia de mesa o similar, estas retribuciones se disparan más aún, pudiendo rozar los 12.000 euros mensuales. Por último los grupos políticos se reparten unos 6 millones de euros en subvenciones por los senadores que tienen en representación.

El problema base no queda ahí, porque a los cuatro años, se escogen otros senadores, pero contando con importantes retribuciones, prebendas en pensiones vitalicias que no son incompatibles con el desempeño de otras labores. En definitiva, ser senador es un verdadero chollo, para no hacer a efectos prácticos absolutamente nada. La Constitución debe ser reformada y la figura del Senado debe desaparecer de nuestro mapa político por la salud de nuestras cuentas públicas.

De esto ayer no nos contaron nada... pero nos quedó una bonita foto de grupo en la puerta del mismísimo y nos los pasamos muy bien en Madrid.

martes, 10 de abril de 2012

La Guerra Civil española en los medios.

El tema de la Guerra Civil española ha sido y será muy tratado en todos los medios de comunicación, dada su proximidad en la memoria histórica. Prensa, radio, televisión e internet,  disponen en la actualidad de gran documentación visual y sonora sobre el conflicto. A continuación te porpongo algunos documentos, publicados recientemente, para que te vayas formando una idea sobre el tema...
  • El inicio de la Guerra Civil. Dos artículos publicados en el El País y El Mundo, al cumplirse el 75 aniversario de su desencadenamiento.
  • RTVE dedicó un especial a la conmemoración del final del conflicto con materiales de su archivo documental.
  • Público.es. Artículo sobre el final de la guerra y el apoyo de la Iglesia al régimen.
  • Público.es. La rebelión militar de Franco degeneró en una Guerra Civil que truncó los avances sociales de la República.
  • Público.es. "Marcha de los vencidos", la victoria de Franco supuso la destrucción y emigración de todo un Estado, desde su presidente hasta el más humilde de los maestros.


martes, 27 de marzo de 2012

La guerra del 36. Algunas causas.

Pocos temas en la historia de España levantan la polémica y extreman las pasiones tanto como la Guerra Civil del 36. La tragedia colectiva, su impacto y sus consecuencias tan desmesuradas nos aterrorizan todavía hoy.

Desde el punto de vista temporal algunos historiadores han afirmado que la Guerra Civil fue el último acto, el desenlace final del enfrentamiento entre dos maneras incompatibles de entender España. Otros sostienen que se trató de un fenómeno inducido desde el exterior, en un momento especialmente conflictivo de la historia europea: el choque entre fascismo, comunismo y democracia era inminente.

Y, por supuesto, se ha escrito mucho en relación a la cuestión de responsabilidad última en el desencadenamiento del conflicto.

Unos analistas destacan la responsabilidad de la izquierda que habría abandonado la vía democrática promoviendo la revolución de Asturias en 1934 contra el legítimo gobierno republicano, que instigaba los desordenes públicos, la ocupación de tierras y lanzaba a las masas a la revolución con un lenguaje incendiario como el de Largo Caballero en las elecciones de 1936. Según esta interpretación, la República, para socialistas y comunistas, habría sido simplemente un régimen burgués con el que había que colaborar como paso previo para lograr "la dictadura del proletariado", el triunfo de la revolución según el modelo similar al ruso. Los anarquistas, por su parte, habrían buscado la destrucción del Estado para hacer realidad sus utopías libertarias.

Para otra parte de los historiadores, la responsabilidad es de la derecha. Los sectores más conservadores del país (Ejército, Iglesia, terratenientes) nunca aceptaron al régimen republicano porque era una amenaza directa para sus privilegios mantenidos durante décadas. Ya en 1932 habían desafiado la legalidad republicana mediante el fracaso del golpe de Sanjurjo y, desde entonces, no habían cesado de conspirar. La CEDA nunca había aceptado explícitamente la República mientras que la extrema derecha, Falange y carlistas, era decididamente antirrepublicana. El golpe militar del 18 de julio de 1936 fue el último paso en el camino de destrucción del régimen republicano que había comenzado en abril de 1931.

En resumen, debemos intentar conjugar todos los elementos en una explicación multicausal. La Guerra Civil del 1936 es el resultado final de los problemas que la sociedad española venía arrastrando desde el siglo XIX. Ante esta situación de extrema dificultad la democracia fracasó en su intento de establecer un marco de convivencia aceptado por todos porque ni la derecha ni la izquierda aceptaron leal y sinceramente la legalidad republicana.

lunes, 13 de febrero de 2012

El desastre de Annual (1921).

Se trata de la desgrasciada batalla que tuvo lugar el 22 de julio de 1921 entre el ejército español y las fuerzas rifeñas de Marruecos, cerca de la población de Annual. Debido a una táctica indebidamente planificada; en aquel adverso encuentro con las fuerzas rebeldes rifeñas perdieron la vida el general en jefe, Fernández Silvestre (amigo personal del propio Rey, Alfonso XIII), su Estado Mayor y gran número de jefes oficiales y soldados.

El 17 de Julio de 1921 el caudillo rifeño Abd el-Krim, con el apoyo de las tribus cabileñas lanzó un ataque sobre todas las líneas españolas. Durante cinco días, y a pesar del esfuerzo heroico, los españoles habían sido incapaces frenar estos ataques y todo fue en vano. Mientras el general Fernández Silvestre era destripado por los rifeños, su segundo al mando, el General Navarro, trataba de organizar una retirada hacia Melilla. Esa retirada degeneró en fuga desordenada y en el escenario de una cacería en la que pereció el ejército español de Africa. Más de 13.000 muertos y la pérdida de cientos de cañones y miles de rifles liquidaron la vana esperanza de poseer un nuevo imperio colonial en África.

El desastre de Annual provocó una terrible crisis política. El gobierno se vio obligado a dimitir, y en agosto de 1921, el rey Alfonso XIII encargó a Antonio Maura formar un gobierno de concentración nacional del que formaron parte todos los grupos políticos. El ministro de la Guerra ordenó al general Juan Picasso elaborar un informe conocido como Expediente Picasso, en el que se señalaban múltiples errores militares, calificando de negligente la actuación de los generales Berenguer y Navarro, y de temeraria la acción del general Silvestre. 

Antes de que el Expediente Picasso se debatiera en el Pleno de las Cortes, el general Miguel Primo de Rivera dió un Golpe de Estado el 13 de septiembre de 1923, decidido a poner fin a la deriva política. Frente al problema del Rif España se entendió con Francia para hacer frente común a los rifeños, y pasó a la ofensiva. Con el éxito rotundo de Desembarco de Alhucemas, Primo de Rivera obtuvo una posición fuerte que le permitió pacificar la zona en menos de un año y restituir la autoridad española en el Protectorado.

viernes, 10 de febrero de 2012

El atentado contra Alfonso XIII

El 31 de mayo de 1906, murieron en Madrid 28 personas, en la calle Mayor, por la bomba que lanzó un anarquista (Mateo Morral) contra la carroza de Alfonso XIII . Este atentado contra Alfonso XIII tiene el triste honor de ser por el número de muertos, el tercer hecho más trágico de la historia de Madrid. Ese día iba a ser una jornada de alegría y fiesta, ya que en la iglesia de los Jerónimos se iba a celebrar la boda del rey con la princesa Victoria Eugenia de Battemberg. Madrid estaba engalanada para la ocasión y los madrileños se echaron a las calles para ver a la joven pareja.

Finalizado el acto religioso la larga comitiva emprendió su lento camino hacia el Palacio Real. Son las dos y veinte de la tarde cuando la carroza que transporta a la pareja pasa bajo el balcón donde Mateo Morral, permanece expectante. Pasa completamente desapercibido, es uno más entre los miles de españoles que aplauden con entusiasmo el paso de la comitiva. La bella reina de España saluda sonriente a la multitud tenía fama de ser "la Princesa más bella de Europa". El coche real se detiene unos instantes justo en el portal del número 88 de la calle Mayor. Es la ocasión que esperaba Mateo Morral quien, decidido, lanza a la calle un espléndido ramo entre cuyas pálidas rosas ha ocultado la bomba. La bomba cae cerca de la carroza de los novios.... la escena es indescriptible, el gentío, antes feliz, huye despavorido presa del pánico. La confusión es enorme y Mateo Morral sale del portal y se pierde entre la muchedumbre, con la ayuda de José Naskens, director de "El Motín", un periódico que se caracteriza por sus furibundos ataques a la monarquía y la iglesia, se traslada a Torrejón de Ardoz desde donde tiene organizado su regreso en tren a Barcelona; pero el 2 de junio fue reconocido por varias personas en un ventorrillo, cercano a Torrejón de Ardoz, donde se detuvo para comer. Estas personas avisaron a un guarda jurado particular de campo, Fructuoso Vega, que le conminó a seguirle. Se entregó pacíficamente, pero cuando era conducido por el guarda al cuartelillo de Torrejón de Ardoz, Morral le mató de un tiro y se suicidó a continuación de un disparo en el pecho.

jueves, 9 de febrero de 2012

El asesinato de Canalejas (1912)

José Canalejas Méndez nació en El Ferrol (La Coruña), el 31 de julio de 1854 y murió en Madrid, el 12 de noviembre de 1912, en la Puerta del Sol. Abogado y político regeneracionista español, fue ministro de Fomento, de Gracia y Justicia, de Hacienda, de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas. Durante la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena ocupó el cargo de Presidente del Consejo de Ministros. Nuevamente fue nombrado ministro de Fomento y ministro de Gracia y Justicia durante el reinado de Alfonso XIII.

Simpatizante del Partido Demócrata Progresista, de ideas republicanas; se aliaba según las circunstancias con los conservadores o liberales. Tenía fama de incoherente y traidor.

El 12 de noviembre de 1912, Canalejas caminaba desde su casa hasta el Ministerio de la Gobernación. Se detuvo a mirar el escaparate de la librería San Martín en la Puerta del Sol, el anarquista Manuel Pardiñas, le disparó dos balas en la cabeza y acabó con la vida del Presidente del Gobierno de España. El propio reloj de Canalejas, roto en la caída, indicaba la hora exacta del magnicidio. El anarquismo español, había vuelto a actuar.

domingo, 5 de febrero de 2012

Texto: Alfonso XIII

Alfonso XIII fue un niño débil, enfermizo y enmadrado, al que malcriaron en palacio. (...) De adulto, cuando tuvo que encarar sus limitaciones personales, y quizá también las de su país, al que amaba profundamente, derivó en neurasténico. Toda su vida necesitó el apoyo de la ríspida doña María Cristina, y cuando le faltó, en 1929, se quedó tan disminuido y tan propenso a las depresiones que esta circunstancia explica la facilidad con que tiró la toalla y abandonó la corona en 1931.
 
Don Alfonso no era muy culto y su trato resultaba algo plebeyo (por ejemplo, hablaba de tú a la gente), pero tenía gustos de señorito: automóviles, caballos, deportes elitistas, caza, películas porno y mujeres, de las que fue un gran coleccionista. Tuvo decenas de amantes ocasionales de toda condición; de algunas, concibió hijos naturales.

(...) Alfonso se casó el 31 de Mayo de 1906 con una guapa y elegante sobrina de la reina de Inglaterra, María Victoria de Battemberg. El rey fue al altar ignorante de que la inglesa, tan sana como parecía, era transmisora de una terrible enfermedad, la hemofilia. Los afectados de hemofilia son deficitarios del factor coagulante de la sangre y pueden desangrarse por cualquier herida, por mínima que sea. Curiosamente, las mujeres no padecen esta enfermedad, pero pueden transmitirla a sus hijos varones. La reina María Victoria se la transmitió a dos de ellos, al heredero de la corona española, su primogénito don Alfonso (nacido en 1907), y a don Gonzalo (nacido en 1914).
 
Hacia 1910 se descubrió que el príncipe de Asturias era hemofílico. Alfonso XIII, tan inconstante en sus afectos, ya se había desenamorado de la reina y experimentó un rechazo irracional hacia ella, como si fuera culpable del mal que aquejaba al niño. La reina, británicamente fría, y frustrada como mujer por un marido que la despreciaba, que la traicionaba con otras y que le reprochaba frecuentemente haberle dado hijos tarados, quedó aislada en el opresivo e incómodo palacio real, en medio de una corte extraña, en un país meridional al que nunca logró adaptarse. Se refugió en los viajes y en la presidencia de obras benéficas (especialmente, de la Cruz Roja). De este modo, consiguió mitigar el dolor de su tragedia íntima, pero, a cambio, descuidó a su familia, sobre todo a sus hijos, tan necesitados de ella, cuyo cuidado delegó en manos de empleados. El mismo desinterés mostró, ya en el exilio, hacia sus hijas las infantas, a cuyas bodas ni siquiera asistió, aunque ya en su vejez cambió de actitud y volvió a ocuparse de sus obligaciones familiares.

miércoles, 11 de enero de 2012

La Constitución de 1876.

Con los carlistas y los cubanos pacificados, España, en el último cuarto del siglo XIX, conoció la paz y el desarrollo mediante la ayuda de Cánovas del Castillo, quizá el mejor político español de todos los tiempos, gustos aparte. Había un sistema parlamentario, había partidos políticos y había elecciones, pero no había verdadera democracia, ni la sociedad la demandaba, fuera de grupúsculos revolucionarios o anarquistas. Todo el sistema se basaba en un gigantesco tongo porque los púgiles, los partidos liberal y conservador, o sus jefes Sagasta y Cánovas, se habían puesto de acuerdo para alternarse en el gobierno en riguroso turno, una legislatura liberal y la siguiente conservadora, ficción democrática que se garantizaba mediante el control caciquil del voto. 

La Constitución de 1876, otra más, inspirada por Cánovas, concedía al rey poder arbitral. El rey designaba al gobierno, el gobierno designaba a los gobernadores de las provincias, los gobernadores designaban a los alcaldes, todos de su cuerda, los alcaldes organizaban y supervisaban las elecciones y daban pucherazo en las urnas donde fuera necesario, de manera que el resultado confirmase al gobierno designado por el rey. Por cierto, durante los debates parlamentarios que condujeron a la redacción de esta Constitución, cuando andaban a vueltas con su artículo primero, sobre los españoles, algunos diputados se acercaron al escaño de Cánovas del Castillo para erigirlo en árbitro de la discusión, pues no se ponían de acuerdo sobre la definición constitucional de españoles. Cánovas, que era hombre de humor y profundamente sabio, hizo un chiste: «Son españoles los que no pueden ser otra cosa...», y eso que era el líder del Partido Conservador. ¿Se imaginan a un líder del PP haciendo un comentario de este tipo?
 
En aquellas últimas décadas del siglo XIX, la estabilidad política permitió un ambiente de paz social y laboral, que favoreció el crecimiento de la economía del país. Aumentaron las exportaciones, especialmente de textiles catalanes, de mineral de hierro y de vino (la filoxera había destruido los viñedos franceses). No obstante, hacia el final del siglo, el campo entró en crisis y frenó el desarrollo.
 
Alfonso XII no dejó un testamento político escrito, pero existen indicios que nos permiten suponer que apoyaba la continuidad del sistema. Es lo que se deduce del último consejo que dio, ya en el lecho de muerte, a su inminente viuda: «Cristinita, ya sabes, guarda el coño, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas», estupenda formulación de la teoría política de la alternancia en el poder.

martes, 10 de enero de 2012

Alfonso XII

El hijo de Isabel II era un chico moreno, bajito, no mal parecido, con el rostro menudo y enmarcado por grandes patillas, a la moda prusiana. De salud andaba solamente regular. Tenía afición a las mujeres, no se sabe si por tuberculoso o por Borbón, y también le gustaba codearse con el populacho en tabernas y colmaos, como a su abuelo Fernando VII.

Alfonso llegó a España a los dieciocho años, después de cinco de exilio. Su madre intentó seguirlo, pero Cánovas, a cuyos buenos oficios debía Alfonso el trono, se negó en redondo. Lo que no pudo impedir fue que el pipiolo se casara con su prima hermana, María de las Mercedes de Orleans y Borbón, de la que estaba muy enamorado. Esto de que un rey se casara por amor, como los pobres, prestigió mucho la monarquía a los ojos del pueblo. Pero poco duró el casamiento. A los seis meses la reina falleció de fiebres tifoideas.

(…) El rey necesitaba un heredero que garantizase la continuidad de la monarquía, lo de siempre, así que volvió a casarse, esta vez sin tanto entusiasmo como la primera, por deber de Estado, ya que su segunda esposa, María Cristina de Austria, no era lo que se dice su tipo. A él le gustaban llenitas, a la moda de la época, y Cristina era, más bien, delgada y huesuda. Además, tampoco era un dechado de simpatía y cordialidad, sino envarada y seca, el tipo de institutriz germánica. Y culta, eso sí, que la señora hablaba varios idiomas y tocaba el piano, pero a don Alfonso la cultura lo traía al fresco.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Curiosidades históricas: el asesinato de Prim.

Prim, fue uno de los generales más laureados del Ejército Español y a sus 56 años el hombre más poderoso de España en el momento de morir, era presidente del gobierno y ministro de la Guerra, capitán general de los Ejércitos. Personaje que se quedó solo y pecó de imprudente, nunca llevó escolta ni pistola, muriendo asesinado en Madrid. Este terrible magnicidio , aconteció el 27 de diciembre de 1870, y sirvió para cambiar el régimen político y la historia de España. 

Su asesinato ocurrió en un momento muy importante, habían transcurrido dos años desde que fuera derribada Isabel II. La intención del parlamento era mantener una monarquía democrática, pero fue deseo de Prim que nunca fuera un Borbón el jefe del estado, esta opinión quedó manifestada en su famoso discurso de los tres jamases:

« No debe aplicarse la palabra jamás, pero es tal la convicción que tengo de que la dinastía borbónica se ha hecho imposible para España, que no vacilo en decir que no volverá jamás, jamás, jamás. »


Una vez tomada la decisión, se pusieron a buscar Rey. Al final el Parlamento decidió democráticamente y sería un príncipe italiano, amadeo de Saboya, el encargado de regir nuestros destinos patrios. El nuevo monarca embarcó, el 27 de diciembre, en la fragata Numancia, rumbo a Cartagena (Murcia), pero esa misma tarde el general Prim sería asesinado. Desgraciadamente, Amadeo de Saboya nunca llegaría a ver a su gran valedor, quedando éste en una difícil situación.

Prim había estado por la tarde del 27 de diciembre en las Cortes defendiendo sus últimas propuestas relacionada con el nuevo monarca y dejaba el Palacio de las Cortes porque tenía que preparar su viaje a Cartagena para recibir al monarca. Al paso del carruaje por la Calle del Turco se produjo el fatídico atentado. 

¿Quién promovió el atentado? Todo indica que el duque de Montpesier, cuñado de Isabel II, financió la operación. El duque había sido uno de los candidatos a ocupar la Corona Española, pero al haber matado a una persona en un duelo, Prim pensó que esto le descalificaba para la nominación de ser Rey.omo venganza el duque sobornó y pagó a los asesinos de Prim y cumplió su objetivo, aunque nunca llegaría a ser Rey.