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lunes, 21 de enero de 2013
miércoles, 18 de enero de 2012
El sistema canovista: bipartidismo, turnismo y Constitución de 1876.
El sistema político de
la Restauración se basaba en la existencia
de dos grandes partidos, el conservador y el liberal,
que coincidían ideológicamente en lo
fundamental. Ambos defendían
la monarquía, la Constitución de 1876 y el Estado centralizado. Ambos eran partidos de minorías de notables y se
nutrían de las élites económicas y de la clase media acomodada.
La Constitución de 1876 garantizaba la alternancia política de los dos grandes
partidos dinásticos mediante el
ejercicio pacífico voto, para alejar la tentación del pronunciamiento
militar como forma de alcanzar el poder. Este sistema se denominó turnismo. Cada
partido debía respetar la gestión gubernamental del otro. Cuando la oposición
consideraba que se habían incumplido las reglas, el rey podía llamar al otro partido, disolver el parlamento y
convocar elecciones, que eran ganadas por el partido que estaba en la
oposición. El objetivo era asegurar la estabilidad institucional.
En todo este proceso, el recién nombrado Ministerio de la Gobernación –actual Ministerio
del Interior- “fabricaba” los resultados electorales mediante el encasillado y el control de las elecciones, a través de los Gobernadores Civiles y de las
personalidades locales. El falseamiento electoral y los mecanismos caciquiles
aseguraban que estas elecciones fuesen siempre favorables al gobierno que las
convocaba.
Todas estas prácticas
fraudulentas se apoyaban en la abstención
de una buena parte de la población, cuya apatía electoral se explica tanto por
no sentirse representada como por el desencanto de las fuerzas de la oposición
en participar en el proceso electoral. En general, la participación electoral no superó el 20% en casi todo el período de la Restauración.
La alternancia en el
gobierno fue posible gracias a este sistema de corruptelas y a la manipulación electoral que no dudaba en comprar votos, falsificar
actas y utilizar prácticas coercitivas valiéndose de la
influencia y del poder económico de determinados individuos en el ámbito local denominados caciques. Los gobernadores civiles transmitían la lista
de los candidatos a los alcaldes y caciques.
Todo un conjunto de trampas electorales ayudaba a conseguir este objetivo: es lo que se
conoce como el pucherazo, es decir,
la sistemática adulteración de los resultados electorales. Así, para conseguir
la elección del candidato gubernamental, no se dudaba en falsificar el censo (incluyendo a personas muertas o impidiendo
votar a las vivas), manipular las actas
electorales, ejercer la compra de votos y amenazar al electorado con coacciones de todo tipo. Pero en
todo el proceso era fundamental la figura del cacique. El
caciquismo era más evidente en las zonas
rurales, donde una buena parte de la población estaba supeditada a sus
intereses. Gracias al control que ejercían sobre los ayuntamientos, hacían
informes y certificados personales, controlaban el sorteo de las quintas,
proponían el reparto de las contribuciones, podían resolver o complicar los
trámites burocráticos y administrativos y proporcionaban puestos de trabajo…
miércoles, 11 de enero de 2012
La Constitución de 1876.
Con los carlistas y los cubanos pacificados, España, en el último cuarto del siglo XIX, conoció la paz y el desarrollo mediante la ayuda de Cánovas del Castillo, quizá el mejor político español de todos los tiempos, gustos aparte. Había un sistema parlamentario, había partidos políticos y había elecciones, pero no había verdadera democracia, ni la sociedad la demandaba, fuera de grupúsculos revolucionarios o anarquistas. Todo el sistema se basaba en un gigantesco tongo porque los púgiles, los partidos liberal y conservador, o sus jefes Sagasta y Cánovas, se habían puesto de acuerdo para alternarse en el gobierno en riguroso turno, una legislatura liberal y la siguiente conservadora, ficción democrática que se garantizaba mediante el control caciquil del voto.
La Constitución de 1876, otra más, inspirada por Cánovas, concedía al rey poder arbitral. El rey designaba al gobierno, el gobierno designaba a los gobernadores de las provincias, los gobernadores designaban a los alcaldes, todos de su cuerda, los alcaldes organizaban y supervisaban las elecciones y daban pucherazo en las urnas donde fuera necesario, de manera que el resultado confirmase al gobierno designado por el rey. Por cierto, durante los debates parlamentarios que condujeron a la redacción de esta Constitución, cuando andaban a vueltas con su artículo primero, sobre los españoles, algunos diputados se acercaron al escaño de Cánovas del Castillo para erigirlo en árbitro de la discusión, pues no se ponían de acuerdo sobre la definición constitucional de españoles. Cánovas, que era hombre de humor y profundamente sabio, hizo un chiste: «Son españoles los que no pueden ser otra cosa...», y eso que era el líder del Partido Conservador. ¿Se imaginan a un líder del PP haciendo un comentario de este tipo?
En aquellas últimas décadas del siglo XIX, la estabilidad política permitió un ambiente de paz social y laboral, que favoreció el crecimiento de la economía del país. Aumentaron las exportaciones, especialmente de textiles catalanes, de mineral de hierro y de vino (la filoxera había destruido los viñedos franceses). No obstante, hacia el final del siglo, el campo entró en crisis y frenó el desarrollo.
Alfonso XII no dejó un testamento político escrito, pero existen indicios que nos permiten suponer que apoyaba la continuidad del sistema. Es lo que se deduce del último consejo que dio, ya en el lecho de muerte, a su inminente viuda: «Cristinita, ya sabes, guarda el coño, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas», estupenda formulación de la teoría política de la alternancia en el poder.
martes, 10 de enero de 2012
Alfonso XII
El hijo de Isabel II era un chico moreno, bajito, no mal parecido, con el
rostro menudo y enmarcado por grandes patillas, a la moda prusiana. De salud
andaba solamente regular. Tenía afición a las mujeres, no se sabe si por
tuberculoso o por Borbón, y también le gustaba codearse con el populacho en
tabernas y colmaos, como a su abuelo Fernando VII.
Alfonso llegó a España a los dieciocho años, después de cinco de exilio. Su
madre intentó seguirlo, pero Cánovas, a cuyos buenos oficios debía Alfonso el
trono, se negó en redondo. Lo que no pudo impedir fue que el pipiolo se casara
con su prima hermana, María de las Mercedes de Orleans y Borbón, de la que
estaba muy enamorado. Esto de que un rey se casara por amor, como los pobres,
prestigió mucho la monarquía a los ojos del pueblo. Pero poco duró el
casamiento. A los seis meses la reina falleció de fiebres tifoideas.
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